“La montaña nos hizo fuertes;
el frío nos hizo libres”
Situados en el extremo norte de las Tierras de Armós, los pueblos bárbaros se extienden por un territorio inmenso y despiadado, donde las montañas afiladas, los glaciares eternos y las estepas azotadas por vendavales han forjado una humanidad distinta. Siendo un 90% de la estirpe oldarar (humanos pesados y semimastodontes) y con escasa presencia de elban y Bell-Altaer, son conocidos como los gigantes del hielo. En tiempos remotos, buena parte de los hombres emigró hacia el sur buscando climas más benignos; por eso, los que aún viven en el norte son descendientes de aquellos que jamás cedieron, hombres y mujeres de una constitución casi prodigiosa, templada por un entorno que exige fuerza incluso para respirar.
Los bárbaros son rudos, valientes y fieramente salvajes, movidos por un ardor interior que ellos llaman la Llama de Zor (su dios rey). Su carácter directo y su inclinación a resolver los conflictos con la violencia o el pacto hacen compleja su relación con los pueblos del sur, para quienes sus costumbres resultan toscas, intempestivas o incluso violentas. Tienden a vivir apartados: no comprenden la burocracia ni la sutileza diplomática, desconfían de las ciudades y muestran torpeza en tratos y negocios sureños, donde su franqueza suele jugar en su contra. Suelen ser ingenuos en lo comercial, poco aptos para las artimañas que los reinos civilizados consideran parte natural de la vida.
A menudo, las naciones más prósperas —especialmente Anur— los ridiculizan, convertidos en objeto de burla por su ignorancia de letras o números. Pero esa visión miope no tarda en quebrarse cuando un bárbaro demuestra lo que realmente sabe. Porque si un bárbaro no es capaz de resolver un cálculo avanzado, sí puede reconocer decenas de tonalidades en la nieve, distinguir la que cederá bajo un pie de la que ocultará un abismo, o leer huellas invisibles para un meridional. Saben qué animal está enfermo con solo oler el viento, cuál es la forma exacta de abatir a cada bestia, cuándo se acerca una tormenta de hielo o cuándo los lobos siguen un rastro. Para ellos, el mundo no se escribe en papel: se escribe en el suelo helado.
Un bárbaro puede sobrevivir donde cualquier otro moriría en horas. Su resistencia es casi legendaria, su umbral de dolor extraordinario, y su capacidad para soportar frío, hambre y soledad resulta incomprensible para los pueblos del sur. Ellos sostienen que su modo de vida es el más puro y cercano a Zor, cuyo altar está en las montañas heladas donde solo el fuerte demuestra su valía. Consideran que el progreso sureño —con sus ciudades, sus monedas, sus comodidades y su política— no es más que una forma elegante de olvidar las raíces de todo hombre: la lucha, el esfuerzo, el mérito, la necesidad de enfrentarse al mundo con las manos desnudas.
Para un bárbaro, vivir significa resistir; resistir es honrar a Zor; y honrar a Zor es mantener vivo el fuego interior que el sur, según ellos, ha sacrificado en nombre del bienestar. Por eso, aun cuando tratan con pueblos civilizados, guardan en su pecho un cierto desprecio hacia lo que consideran debilidad disfrazada de progreso. A ojos del norte, solo aquellos que se enfrentan a la montaña merecen llamarse hombres o mujeres de verdad.
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