Olavia es frontera, lluvia y juramento.
Olavia se sitúa en el extremo este del Brundir Occidental, sirviendo de frontera entre ambos brundires. Al norte la abraza el mar Durgeón, salpicado por la isla Dracis, como un signo puesto ahí para recordar a cualquiera que estas costas no son un borde del mapa: son un umbral. Al oeste colinda con Rothur y Ársarack, separados por la muralla occidental del Aeternum, una cadena que no solo divide territorios: divide temperamentos. Esa misma cordillera marca también una frontera sur infranqueable con sus vecinos y aliados valanos. Y al este, Olavia toca Lum, tierra de las abadías de Bramelom, y Enar, la nación de las brumas.
Las tierras olavas son de las más especiales de las Tierras de Armós, por su riqueza en recursos y por una belleza difícil de explicar sin caer en lo exagerado. La lluvia —eterna, insistente— cae sobre montañas, valles y ríos y lo vuelve todo verde, cubierto de vegetación, como si el país no se limitara a existir, sino a crecer. Por eso, y porque consideran su tierra sagrada, los olavos sienten una admiración profunda por su nación, por su paisaje y por sus gentes: no es un orgullo ruidoso, es un respeto que se nota incluso cuando callan.
Los olavos descienden de una etnia bárbara conocida como olavita. Esta etnia y la valanita —que daría forma a la actual Valania— se escindieron de un ancestro común, una etnia única llamada Valovia. Por eso, la estirpe más extendida (un 80%) es la Oldarar, seguida de Bell-Altaer y Elban.
Su lengua es el Idioma Olavo-Valano, también llamado Idioma Dragón, porque lo comparten con sus vecinos al otro lado del Aeternum (los valanos lo llaman valaní). Aun viviendo aislados, la mayoría de los olavos conoce el bárbarum y el imperia, lenguas que emplean durante sus naskarat, los viajes fuera de Olavia que todo olavo debe realizar al menos una vez en la vida.
Sus señas de identidad son la cría de caballos, heredados de los tarmenios, y los secretos de la forja. El acero olavo de armas y armaduras —de un color gris oscuro— es famoso por tener un peso más ligero, una dureza inquebrantable y una resistencia única.
La capital, Dracovia, la Ciudad Dragón, es célebre por su limpieza y por un diseño práctico donde nada es casual: todo está pensado para soportar largos inviernos y largos asedios. Desde allí gobierna el Alto Drac, el primus elegido entre diez dracs o pares de forma vitalicia —los príncipes dragón—, cabezas de diez grandes familias destinadas a regir Olavia. Juntos conforman el Consejo de los Dracs. Estas diez familias (Krenastán, Karlishar, Persakova, Olav-Katar, Érnaron, Hartum, Kirdastan, Kurkrovia, Arcrovia, Valgoroth) fueron elegidas, según la tradición, para regir Olavia hasta el final de los tiempos por Iskrael, el ungido del dios único, enviado al mundo para fundar Olavia y sacralizar la tierra.
La naturaleza del olavo es dual: guerrera y noble. Viven como una comunidad cerrada, de leyes ancestrales, entregada a la tierra, a los oficios y también al disfrute de la vida —porque para ellos vivir bien no es acumular, sino pertenecer—. Y aunque se consideran pacíficos, se preparan para defender su tierra desde niños: nada hay más importante. Orgullosos de su destino —creen ser el pueblo elegido del dios-dragón para hacer el bien en el mundo—, se muestran afables con el extranjero que pide refugio y respeta las leyes… y se vuelven, sin embargo, extremadamente peligrosos cuando alguien llega como enemigo.
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