«Lo que nació con el mundo hoy arde en la hoguera».
En las Tierras de Armós existe una diferencia esencial entre el poder y la magia. Aunque ambos pertenecen al orden profundo de la realidad, no nacen del mismo origen ni se manifiestan del mismo modo. El poder surge de las diez fuentes o secretos que poseen los Narahil y que sostienen la creación. Cada una de esas fuentes gobierna y genera una parcela concreta del universo. La magia, por el contrario, fluye del undécimo secreto o fuente: una energía sutil e inmanente al mundo, capaz de resquebrajar la realidad o de moldearla según el conocimiento y la apertura astral de quien la invoca.
«Cada secreto sostiene una parte del mundo».
Las diez fuentes o secretos del poder controlan y generan distintas parcelas de la realidad. Son las siguientes:
La magia, en cambio, no procede de ninguna de esas diez fuentes, sino del undécimo secreto. El poder mágico es una energía inmanente al mundo: se expande, atraviesa lo real y permite alterar sus formas. Se invoca por medio del astral, es decir, del alma, y su intensidad depende de cuán abierta se halle esta a dicha energía. En Ilionarion existen además otras tres fuentes vinculadas a las naturalezas propias de Ilión, pero en las Tierras actuales de Armós ese conocimiento es fragmentario y oscuro.
«Lo que nació con el mundo se convirtió en herejía».
En las Tierras de Armós existe una diferencia fundamental entre el poder y la magia, aunque la mayoría de los erên ignoran esta distinción. Ambas fuerzas forman parte de la realidad misma, pero proceden de naturalezas distintas y obedecen a principios diferentes.
El poder nace de las diez grandes fuentes o Secretos que los Narahil utilizaron para engendrar la realidad. Cada uno de estos Secretos gobierna una parcela concreta del universo y sostiene su existencia.
Estas diez fuentes constituyen los pilares del poder. Cada una abre un camino distinto hacia la creación y da acceso a una porción concreta de la realidad. Quien entra en contacto con una de ellas no manipula una energía genérica, sino un aspecto profundo del universo mismo.
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La magia, por el contrario, no procede de ninguno de estos diez Secretos, sino de una undécima fuente: una energía inmanente al mundo, invisible y sutil, capaz de resquebrajar la realidad o moldearla. Esta fuerza se invoca mediante el astral —el alma— y su intensidad depende del grado de apertura espiritual del individuo.
A diferencia del poder, que se vincula a fuentes concretas y delimitadas, la magia se derrama sobre todas las parcelas de lo real. No crea el mundo desde sus cimientos, pero sí puede alterarlo, desviarlo o forzarlo. De ahí que sus efectos dependan menos del vínculo con una fuente concreta y más del conocimiento, la sensibilidad y la preparación del usuario.
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«El conocimiento fue enterrado bajo superstición y ceniza».
En la Armós contemporánea, los erên poseen un desconocimiento casi absoluto acerca del poder y la magia. Muy pocos comprenden su verdadera naturaleza y aún menos saben utilizarlos.
Todo aquel que manifiesta capacidades sobrenaturales corre el riesgo de ser perseguido. Las acusaciones de brujería son frecuentes y la mayoría de las religiones consideran estas prácticas una amenaza que debe ser erradicada. Instituciones como el Brazo Inquisitoris de Bramelom o la Sociedad de la Salvación de Krush'Laa dedican parte de sus esfuerzos a localizar y eliminar a quienes nacen con estos dones.
Sin embargo, esta persecución no implica ignorancia absoluta por parte de las altas jerarquías religiosas. Muchas de estas instituciones conocen la existencia del poder y de la magia, los estudian en secreto y, en ocasiones, reclutan para sus filas a individuos dotados, siempre bajo estricta vigilancia doctrinal.
Aun así, incluso entre los eruditos y custodios del conocimiento persiste una comprensión fragmentaria. Nadie parece conocer con certeza la auténtica naturaleza de estas fuerzas. El miedo y la superstición han sustituido al saber.
Lo que antaño fue connatural al mundo se ha convertido en un acto herético. Por ello, los arcanos y psíquicos rara vez manifiestan sus capacidades en público. Muchos buscan respuestas en las ruinas de la antigua Armonía, convencidos de que en sus bibliotecas y ciudades olvidadas todavía permanecen las claves para liberar la mente y el alma humanas de su encierro.
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«Antes, el poder era tan común como el aire».
Durante la era de la Armonía, el poder y la magia formaban parte de la vida cotidiana. La mayoría de los seres poseían algún grado de afinidad con estas fuerzas y no era extraño encontrar individuos capaces de alterar el tiempo, manipular la materia o moldear la vida.
De aquel mundo apenas quedan vestigios. En la actualidad existen erên comunes y erên ancestralis capaces de abrirse al poder o a la magia. Estos dones son excepcionales y, en muchos casos, ni siquiera quienes los poseen llegan a comprenderlos.
La diferencia entre unos y otros no depende solo de la intensidad del don, sino del tipo de apertura que albergan. Algunos están ligados al poder de los Secretos. Otros, a la undécima fuente. Y la inmensa mayoría vive sin saber que ambas vías existen.
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«Cada Secreto abre un camino distinto hacia la creación».
Los imperiales son individuos capaces de conectarse directamente con uno de los Secretos creadores del universo. A través de esa conexión pueden manipular la parcela de realidad asociada a dicha fuente: tiempo, espacio, vida, muerte o materia, entre otras.
En Armós, nacer con condición imperial es extremadamente raro. Además, casi todo el conocimiento necesario para controlar este poder se ha perdido. Para convertirse en imperial es necesario pertenecer a una subestirpe concreta capaz de abrir el alma a los Secretos. Cada imperial únicamente puede vincularse a una fuente.
Mucho más frecuentes son los llamados imperiales menores, conocidos en Armós como mestizos o psíquicos. Se trata de erên capaces de manifestar poderes innatos —telequinesis, piroquinesis y otras facultades semejantes— que invocan mediante el astral, aunque sin acceder realmente a los Secretos. Reciben el nombre de mestizos porque se consideran a medio camino entre los erên comunes y quienes dominan plenamente el poder o la magia.
La mayoría son psíquicos durmientes: individuos que poseen capacidades latentes pero desconocen su existencia, pues nadie les ha enseñado a comprenderlas y la superstición persigue cualquier manifestación sobrenatural.
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«La magia no crea el mundo: lo altera».
Los arcanos obtienen sus capacidades de la undécima fuente: la magia. A diferencia de los imperiales, no se vinculan a un Secreto concreto, sino a una energía capaz de afectar a todas las parcelas de la realidad según el conocimiento y la habilidad del usuario.
Aunque siguen siendo escasos, los arcanos son más numerosos que los imperiales.
Las disciplinas arcanas se dividen en nueve ramas. Los practicantes de las ocho primeras reciben el nombre de arcanos sapientitas, pues dedican su vida al estudio de una parcela concreta de la magia. La novena rama corresponde a los adversis, especializados en utilizar la magia como arma de combate.
En Armós e Ilionarion, los biomantes suelen ejercer la medicina en términos generales, de ahí que ese nombre se asocie con frecuencia a dicho oficio.
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«Algunos nacen más cerca de los Secretos».
Entre los erên existe una subestirpe particular conocida como estirpe arcana o estirpe imperial. Sus miembros poseen una afinidad innata mucho más intensa hacia la magia o el poder. A cambio de esta apertura sobrenatural, pierden parte de las virtudes naturales de su linaje.
En el caso de los arcanos, no es imprescindible pertenecer a esta estirpe para practicar magia. Un altaer, derengor o nagân puede convertirse en arcano sin renunciar a las capacidades propias de su sangre.
Con los imperiales ocurre lo contrario: únicamente quienes pertenecen a la estirpe imperial pueden establecer conexión con los Secretos.
Las denominaciones imperiales se organizan según la fuente a la que cada uno puede abrirse:
Así, mientras los arcanos trabajan con una energía abierta y plástica, los imperiales quedan ligados a una fuente concreta del orden creador. Ambos encarnan aperturas excepcionales a lo sobrenatural, pero no recorren el mismo camino ni responden a la misma naturaleza.
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