
Armós —conocido en Occidente como Las Tierras de Armós— es un mundo donde el dominio erên parece absoluto, pero las ruinas atávicas y los rumores de razas anteriores abren una grieta en el mito. Sin pólvora ni armas de fuego, la violencia se canaliza a través de la alquimia, la ingeniería de proyectiles y materiales legendarios. Y, por encima de todo, flota una pregunta incómoda: si la magia existe o si el miedo a ella es ya una forma de poder.
El mundo es conocido en Occidente como Las Tierras de Armós, nombre heredado del dios primigenio —y único, según el credo más antiguo— que habría creado el universo. En la superficie, el dominio de los erên (Homo sapiens) parece absoluto; sin embargo, persiste un rumor obstinado: que antes de los erên existieron otras razas. Hoy se despacha como mito, pero el mito se resiste a morir por una razón incómoda. De cuando en cuando aparecen ruinas atávicas que no encajan con ninguna arquitectura humana conocida. Se han enviado expediciones. No han regresado.
Armós es un mundo de tamaño similar a la Tierra y se organiza en seis grandes masas: Brulia, el continente norte y el más extenso, tendido de Occidente a Oriente, por su amplitud, no es raro que se lo divida en Brundir Occidental y Brundir Oriental. Al sur se extiende Maraón; hacia el oriente meridional, la llamada Península Batávica; y cerrando los márgenes del mapa, las Tierras Baldías, regiones polares de frontera incierta. En el oriente norte se situa Korasia, conocido como el continente de las Grandes Islas.
Cuatro océanos separan y moldean estas tierras: el Oropeo, el Ondina, el Septentrión y el Babaria. Tanto este manual como las novelas de Héroes de ceniza se emplazan en las tierras occidentales de Brulia: Brundir Occidental, donde lo civilizado y lo salvaje se rozan sin llegar a mezclarse del todo.
En las Tierras de Armós no existe la pólvora y, por tanto, tampoco las armas de fuego. Esta ausencia no ha traído paz, sino otras formas de violencia. La alquimia suple lo que el humo negro nunca llegó a inventar: compuestos inflamables capaces de estallar como bombas, drogas, ungüentos y elixires con propiedades extraordinarias. No son bienes comunes. Son carísimos, difíciles de elaborar y, precisamente por eso, objeto de codicia. Se adquieren —si se tiene el oro— en manos de alquimistas buhoneros y boticarios, en tiendas especializadas donde el mostrador separa al cliente del milagro… y del veneno.
En términos generales, la estética y tecnología recuerda a la Europa del siglo XVIII, con una diferencia crucial: el mundo ha refinado lo que en otros lugares se habría vuelto secundario. Sin armas de fuego, las armas de proyectil han alcanzado un grado de desarrollo notable: arcos y ballestas precisos, complejos, de ingeniería fina; y, en ciertos diseños, capaces de cargar pequeñas bombas alquímicas como munición. Aun así, Armós no es uniforme. Cada cultura arrastra sus propios anacronismos, como si el progreso fuese un río que se bifurca.
La navegación windesá (también llamada winderson) es el ejemplo más célebre: sus marinos emplean materiales únicos y han domesticado animales acuáticos —delfines— para impulsar sus naves, logrando maniobras y velocidades que otras flotas consideran imposibles o directamente blasfemas. En el extremo opuesto, la forja olava produce armaduras y armas de una calidad que parece contradecir la lógica: piezas increíblemente ligeras y, al mismo tiempo, resistentes, como si la propia materia obedeciera a leyes distintas en sus manos.
Pero el verdadero nervio tecnológico de Armós no está solo en la artesanía ni en la navegación, sino en los materiales legendarios: sustancias raras, codiciadas, capaces de inclinar batallas y trazar destinos. Hay muchas, y cada una arrastra su propia leyenda y su propio temor. La Piedra Gris, que puede pudrir la carne viva; la Piedra Púrpura; el Coral Rojo; la Daimonita, conocida por absorber la magia; o el Azur, al que se atribuye la capacidad de sanar. Son ejemplos, no excepciones: en Armós existen cosas que, aun sin pólvora, vuelven el mundo peligroso.
Y luego está la magia. Sobre ella pesa una superstición espesa, casi institucional. No hay pruebas de que exista. No hay demostraciones verificables. Solo rumores. Se dice que algunas personas poseen capacidades arcanas, que pueden convocar una energía subterránea del mundo y moldear la realidad con ella. Nada de esto se ha probado nunca. Y, sin embargo, el misterio rodea al mundo como una corona invisible. En Armós, a veces, lo que no puede demostrarse es precisamente lo que más manda.