Anotaciones del sabio Aramis (Alto Cardenal de la curia de Oskran), fechadas el día 8 del mes de las lluvias de 1670. A partir de excavaciones, traducciones y relatos de exploradores, sostiene que antes de los hombres existieron civilizaciones “perfectas” cuya sabiduría fue destruida u ocultada tras la Gran Migración, dejando vestigios por todas las Tierras de Ármós.
Cuaderno de anotaciones / carta del sabio Aramis (Alto Cardenal de la curia de Oskran)
Fecha: Día 8 del mes de las lluvias de 1720
Tal vez este sea el descubrimiento más grande de la historia: el descubrir lo que un día nos fue dado y sepultamos bajo la losa de la ignorancia. Una losa construida en sangre, tinieblas y olvido. Ahora, miramos al pasado y desfallecen las fuerzas al comprender que perdimos lo que jamás volveremos a tener: la sabiduría plena sobre el universo. Mis investigaciones demuestran, por los textos encontrados en las excavaciones de Dum'Shaim, que antes del tiempo de los hombres, en un período antes de la oscuridad, existieron otros pueblos, otras formas de vida, generadas con perfección y grandeza. Existieron sí y perecieron, se exiliaron o se escondieron para nunca más ver al hombre. Incluso sus construcciones, que algunas de ellas se pueden observar todavía, parecen no querer mostrarse al hombre que las profanó.
Véase, por ejemplo, la misma Dum'Shaim, la ciudad maldita, capital de los Voldor, la raza privilegiada de Armós: yace enterrada bajo la misma Oskran, capital del imperio de Rothur. De ella sólo perviven, en la plaza consistorial de Rothur, cuatro columnas elecoidales de una precisión arquitectónica sublime, que parecen arañar el cielo. Alrededor de cada monolito, esculpidas en plata, se extienden frías marcas grabadas en la piedra, extrañas runas que nadie ha conseguido desentrañar jamás. Así permanecen marmóreas, frías y alejadas de la historia que los creó. El principio de los textos de Al’batur, encontrados hace un año en Idioma Arcaico, que yo, junto a otros doctos, he traducido y a continuación expongo, corrobora mi teoría de las civilizaciones perdidas.
“Extracto de los cantos perdidos de Al’batur, incluidos en las crónicas Saneméridas”
(transcrito/traducido y citado por Aramis)
«¡Oh, musa, dime cuántos fueron los pueblos perdidas que poblaron el mundo antes del genocidio, cuántas razas y culturas con las que Armós pobló el mundo de luz fueron destruidas! ¡Dime, oh Musa!, cuánta sangre se vertió, tiñendo los campos de fruta madura y tiernas flores. Hoy ya no quedan más que los despojos corruptos de lo que un día fueron o significaron. Cuánto daño puso el hombre en el mundo destruyendo lo bello y ocultando la hermosa sabiduría de los pueblos. Así desaparecieron, ocultas en la espesa niebla o por el cruel acero de los hombres, los Marmónidas, bellos como los dioses, cuyas ciudades yacen sepultadas de secretos y tesoros bajo las tierras perdidas; los Istarios, amantes de los caballos salvajes, que fueron masacrados bajo la espada de la cruel raza y de ellos hoy nada se conoce. Los Vin, semejantes a delfines, que huyeron bajo el agua buscando el refugio hasta desaparecer. Los Aéreos Maisir, felices voladores de etéreas alas que deleitaban con su música armónica; también ellos perecieron, escondiéndose en lo profundo de los bosques. Los Ravnires. Gigantes del hielo que durmieron para siempre después de negarse al combate contra la cruel raza, pese a ser más poderosos en estatura y fuerza. ¡Oh, Musa!, cuántas razas vieron la muerte o el exilio; cuántas se afanaban incautas en sus labores cuando la cruel raza, como lobos hambrientos, sumió el mundo en las tinieblas de la ignorancia. Así se perdió la Armonía; así se perdió el mundo que primorosamente el dios único había creado.
«También recuerdo a los altivos Nasirish, los de nívea piel, de marmóreas ciudades olvidadas ya por la cruel raza, que sellaron los caminos y olvidaron cómo llegar a ellos. Los Nabúsidas, señores del cielo, y los Okáridas, caminantes de los arcano, que decidieron enfrentarse al acero negro de los hombres y perecer con su sangre derramada por la tierra que un día pasearon. Los bandines, señores de las formas, que cambiaban su aspecto a voluntad. Los Kilianos, señores guardianes de la ultratumba, que recibían a aquellos que dejaban la armonía. Los Gaelitas, duendes, pastores de bosques. Los Noldar, primos de los majestuosos Voldor, a los que nadie igualaba en belleza, que sufrieron el castigo por enfrentarse a la cruel raza, no ya pereciendo, sino corrompiéndose, perdiendo su pureza, y durmiendo para siempre en el Ébano gris. Así como los guardianes, Dan’nai, confinados en la cárcel de las tierras grises a no salir jamás de ella: tan pocos quedaron tras la gran batalla con los hombres, que temen dejar de existir. Y, por fin, los Voldor, los exiliados y perdidos, los de inigualable belleza, caídos desde su magnífico trono, ya perdiendo su pureza, ya siendo muertos, ya siendo obligados al exilio.
«Dime, oh Musa, ¿por qué la más baja y horrenda de las razas, la más vil y egoísta, desprovista de la luz de Armós, por qué, ¡oh Musa!, puebla y gobierna la tierra que nunca le fue entregada?»*
Al’batur describe minuciosamente la caída de los pueblos en occidente; caída que, por otro lado, se puede ver por otros vestigios arqueológicos, fue generalizada en todas las tierras de Armós. Lo cierto es que, viajando hacia las tierras valanas, descubrí en una de sus ciudades, llamada Aleia, cuatro pequeñas pirámides negras que conformaban la plaza central de la ciudad. Nadie pudo decirme exactamente qué eran, su utilidad y de dónde habían salido. «Siempre estuvieron aquí» —fue la respuesta que más me dieron, incluso los más ancianos del lugar. Vestigios como estos se encuentran desperdigados en todas las tierras de Armós: no tan visibles, pero existen y dan fe de que las tierras de la Armonía existieron alguna vez. Así, en el propio occidente, se sabe por los textos del explorador Argot de Alón que encontró la ciudad perdida de Idrion, dentro de las temidas selvas negras de Draczastán. Lamentablemente, sus textos se encontraron flotando a orillas del río Anur; la corriente los había traído desde las selvas hasta Anur. Lamentablemente, los textos habían viajado solos, pues de su dueño nunca más se supo. Otros exploradores, como Alai Asá, descubrieron en el Gran Desierto tribus aborígenes que guardaban construcciones arquitectónicas más antiguas que el hombre como lugares sagrados; sea el caso de los Medjai o los Shadjai. Estas ruinas, casi inaccesibles, demuestran que existieron civilizaciones que poseyeron un nivel arcano y psíquico inigualable y que cayeron en el olvido tras la gran Migración Humana. Nuestra labor ahora no es sólo desentrañar los secretos olvidados de aquellos, sino saber si ahora viven, dónde y cómo. Tal vez el egoísmo y salvajismo de nuestra especie los alejó para siempre de nosotros.
Así, todos los reinos de las Tierras de Armós se han levantado bajo las nieblas de la ignorancia y las ruinas del pasado. Un pasado donde muchas razas vivían en Armonía bajo la dirección de los míticos Voldor. Así, las culturas humanas se asientan bajo las ruinas de otras ciudades que no lo fueron, cuyas construcciones, hoy bajo tierra o en ruinas, son una incógnita y cuya sabiduría parece ocultarse de la raza de los hombres. La explicación de su destrucción se debe en única medida a lo pacífico de estas civilizaciones, expuestas a la violencia y el desequilibrio egoísta y avaro de los hombres, que codiciaban sus riquezas, sus secretos y su sentido de la paz. Lo cierto es que, de no ser porque estos pueblos eran pacíficos hasta la muerte, que no entendían la violencia ni siquiera para salvar la vida, los hombres no hubieran tenido oportunidad contra ellos. El nivel de sabiduría sobre el universo, sobre sus corrientes mágicas y de poder, era tan alto que no hubieran podido ni siquiera acercarse a ellos. Fue este sentido de la Paz lo que les llevó a la muerte o al exilio y, como se verá, a la corrupción a algunos de ellos.