Relato atribuido al Alto Cardenal Neremías de Alain (Téxtos perdidos sobre el Génesis, Vol. III, Tomo segundo). Sitúa el origen de los reinos humanos/erên en Occidente Norte tras una conquista conocida por los humanos como La Migración y por los voldor como Nasharit Alaav (“Genocidio”). La Migración marca el año uno del calendario en Occidente Norte y da inicio a la Era del Surgimiento.
Textos perdidos sobre el Génesis. Vol. III. Tomo segundo.
Escrito por el Alto Cardenal Neremías de Alain.
Estimado lector: inicio ahora el relato de los acontecimientos que dieron lugar al mundo tal y como conocemos en la actualidad. Saliria, la mismísima hechicera en persona, descubrió ante mí los secretos que la historia dilapida y que sólo unos pocos afortunados hemos llegado a conocer. Por su culpa pude comprobar, con insufrible vergüenza, qué hicieron nuestros antepasados y cómo conquistamos hace ya más de siete milenios la Tierra de la Armonía. Todos nosotros, todos los hombres, nos guste o no, somos herederos de la sangre y de la barbarie. En nuestra raza pesa el sello imborrable de la imperfección. Sobre qué pasó después con Saliria, sobre qué pasó conmigo y con Dum’Shaim, si aún tengo tiempo, otro día contaré. Hoy conviene escribir sobre nuestro auténtico principio. Este es: la formación de los actuales reinos en Occidente Norte —de Rothur, Nóncar, Olavia…— se produjo tras la cruenta conquista humana o erên de las Tierras de la Armonía, o tierras de Armós. Sobre dicha ocupación, y todas las sangrientas matanzas que se sucedieron, una detrás de otra, sin rastro de compasión, no se ha conservado —o al menos descubierto— ningún testimonio escrito.
Se cuenta que los erên o los humanos llegamos a este mundo en torno a la mitad de la Tercera Era, o de la Armonía. En concreto, en las postrimerías de la primera edad de este período, conocido como la Edad Perdida. Hace de aquello, según estimaciones, cerca de 250.000 años. No éramos más que erên en cuevas, situados al norte y al sur de las tierras de Ármós, en las llamadas Tierras Baldías. Estábamos dispersos en tribus pequeñas, nómadas y, a diferencia del resto de las razas que poblaban este mundo, nacimos fuera de la Armonía. Una Armonía que garantizaba el entendimiento pacífico de los pueblos y las razas que en ella habitaban.
Tras muchos años de coexistencia pacífica, decidimos abandonar los fríos parajes y avanzar hacia ese mundo que no conocía la muerte. Lo hicimos como salvajes y masacramos al resto de las razas que poblaban el mundo. Este hecho dio comienzo a la Era del Surgimiento. Todas las razas y civilizaciones que habían vivido hasta entonces en paz, en armonía, bajo el justo gobierno del pueblo Voldor, conocieron la muerte y el dolor de nuestra mano. Nuestra especie destruyó todo a su paso. Muchas razas, si no la mayoría, fueron extinguidas. Sus grandes y esplendorosas ciudades fueron reducidas a escombros y, en ocasiones, los hombres se limitaron a construir, sin vergüenza, nuevas ciudades sobre sus ruinas. Fueron sepultadas bajo la losa del tiempo, de las religiones humanas y de la superstición.
Esa masacre o conquista fue llamada por parte humana «la Migración», mientras que para el resto fue, en idioma Voldor, «Nasharit Alaav», o Genocidio. La Migración, o Año Uno, marca el calendario en Occidente Norte. Para la mente humana, tan limitada, cuesta entender el motivo por el cual los Voldor y el resto de las razas se dejaron aniquilar. Nacidas en armonía, eran razas superiores a la humana. Sin embargo, el uso de la magia, también armónico, únicamente tenía fines curativos o paliativos. Optaron por dejarse ajusticiar antes que defenderse con la violencia que no conocían. Los pocos que sobrevivieron escaparon y se refugiaron de forma secreta. Los Voldor lo hicieron en la lejana isla de Dairish Alim (o Reinos de la Primavera), ajenos al destino del hombre y su mundo. Durante esta era, los erên colonizamos progresivamente todos los territorios, fundando nuevas ciudades y formando nuevos reinos a base de guerras civiles entre los dueños más fuertes. Ese fue el período de la absoluta ignorancia, de la superstición y del politeísmo. La sabiduría acumulada por los Voldor se perdió. Y sólo algunos escasos hombres afortunados llegan hoy día a conocer una milésima parte de su secreto, su arte: la magia. Hoy soy yo uno de ellos.