“Rey, patria y honor”.
Montemar se alza al sur del Brundir occidental como un reino de frontera y carácter recio y alegre. La mayor parte de su territorio colinda con Róthur, su aliado histórico, mientras que por el suroeste y el sur toca Nóncar y Délinor. Al este limita con Monteálban, su enemigo acérrimo y rival permanente. Esta posición, encajada entre potencias y tensiones, ha forjado una identidad dura, orgullosa y profundamente marcada por la defensa del territorio.
La población de Montemar procede principalmente de la estirpe Bell-Altaer, con una presencia menor de Elban y apenas un 0,1 % de nacimientos Ancestralis. Sin embargo, todas las estirpes montemarinas comparten una naturaleza recia y rocosa, casi mineral, que se traduce en una resistencia física poco común frente a heridas, fatiga y privaciones. No son soldados disciplinados al estilo rothúreo, pero sí hombres y mujeres capaces de soportar largas jornadas, duelos repetidos y campañas duras sin quebrarse.
En este reino se habla el montemarino, el rothúreo y el noncarí (imperia), reflejo de su cercanía cultural y política con Róthur y de su integración en las dinámicas imperiales. Su moneda es el danir montemarino, acuñado en piezas de cien gramos de oro, plata o cobre, símbolo de un reino que valora el peso real de las cosas por encima de los artificios.
La capital, Sacromonte, es tanto centro político como corazón cultural del reino en torno a cuatro provincias cuyos nombres son los apellidos de los cuatro conduques: Puertoblanco, Castedón, Campoleón y Dueromar.
Montemar se organiza como una monarquía liderada por la dinastía Crestaleón, a la que el pueblo sigue devotamente, pues la familia real es algo que en Montemar se sigue con devoción. Bajo la corona se situa un gran duque de Montenegro y los cuatro conduques, seguidos por una nobleza escalonada que imita casi punto por punto la estructura social de Róthur.
La alianza entre Montemar y Rothur es histórica. Róthur siempre se ha sido el hermano mayor de Montemar. Ambos reinos se han ayudado a todos los niveles, desde las hambrunas hasta los concordatos comerciales que tanto beneficio les han traído. Ambos son bramitas, con monarquías ancestrales y una cultura forjada en la palabra dada y en el pago de las deudas, compromisos que se cumplen hasta las últimas consecuencias.
De hecho, muchos sostienen que Montemar no es tanto una nación independiente como una extensión natural del mundo rothúreo, aunque con identidad propia. Entre ambos reinos existe una alianza estratégica centenaria, con acuerdos de defensa mutua, comercio preferente y cooperación militar a prueba de fuego. Montemar, sin embargo, no comparte la templanza rothúrea. Su ánimo es más temperamental, con arranques de valor o temeridad capaz de levarlos a las mayores heroicidades… o locuras.
Así, Montemar se presenta como un reino algre y contradictorio: aliado fiel, supersticioso y culto; indómito pero resistente; poco ordenado, pero temible en el duelo. Una tierra que no se conquista con ejércitos perfectos, sino con acero, paciencia… y la voluntad de aguantar más que el adversario.