“El mar no perdona las imprudencias”.
Brathan-Nord se alza al este de la costa de Noncar, en pleno océano Oropeo, como un puñado de tierra recortada por el agua y por la historia. El archipiélago de Brathanir lo componen cuatro islas: la central y mayor, Norinham, que domina el conjunto; dos piezas menores al sur, Borhood y Dolmore; y una cuarta al norte, Nimberlan. Sus gentes son, en su mayoría, Elban y Bell Altaer y Oldarar, con la rara posibilidad —apenas un 0,1%— de que nazca un humano ancestral, como si el linaje antiguo se empeñara en volver a asomar, de cuando en cuando, entre generaciones.
Las tres islas pequeñas están gobernadas por los nord, título que encarna a los tres príncipes del reino; por encima de ellos se impone la figura del norvod, rey de Brathan, monarca absolutista de la dinastía Rosacrone, que desde hace siglos rige el archipiélago desde Brithum, la capital. Bajo el norvod y bajo cada nord se despliega una escalera de poder que desciende por duques, marqueses, condes, vizcondes, barones, señores y kires —hidalgos—, seguida por una multitud de caballeros de distinto calado, hasta alcanzar a los burgueses y al estado llano. En Brathan-Nord, el orden se entiende como una arquitectura: no solo reparte tierras y cargos, también reparte miradas, permisos y límites.
En otro tiempo estas islas fueron colonias de Winderson, y después quedaron despobladas, abiertas como una herida a merced de las tribus bárbaras del norte —los Mirsos— y de otras poblaciones humanas, de cuya mezcla y asentamiento terminaron naciendo los reinos de Branthan. Ese pasado, de abandono y recuperación, aún vibra en la forma en que los brathanirios se piensan: no como un pueblo nacido de una sola raíz limpia, sino como un país rehecho a golpes de mar, de oleadas y de relevo. Por esto los brathanirios poseen una notable flota y una tradición naval que los convierte en marinos excelentes, educados en esto desde niños.
Su idioma es el Brathaní, compuesto de raices antiguas winderson, mirsas y nativas de la propia isla. Sin embargo, en todas las islas se habla también de forma habitual el Imperia o noncarino. Su religión es bramelomita, de ascendencia bramita, y en ellos la religiosidad pesa, ordena y distingue. Pero esa fe convive con vetas paganas ligadas a los bosques y a las marismas, antiguas y persistentes, que sobreviven en creencias, temores y prácticas heredadas.
La riqueza principal proviene de la tierra y de la pesca, y las construcción naviera. Su moneda es el Nordirial de 80 gramos de oro, plata o cobre. En esas labores hombres y mujeres trabajan por igual, con la naturalidad de quien sabe que el alimento no entiende de orgullo. Sin embargo, la igualdad del esfuerzo no significa igualdad de aprobación social. Una mujer viuda o soltera que no tenga marido ni figura supervisora —un varón— puede acceder a cualquier oficio, incluidos los cargos políticos. Sin embargo esto no está bien visto. Por contra, si existe esa figura supervisora, el acceso depende de su permiso. Esta contradicción se sostiene sobre una idea antigua, casi teológica: los brathanirios creen que a la mujer, desprovista de la fuerza del hombre, se le ha otorgado la capacidad de conectar con lo sagrado, de bendecir y de maldecir. Esa creencia se vincula a la gestación y al acto de traer nuevos miembros a la familia, y remite a culturas humanas más antiguas de la isla y a la herencia bárbara, que entendían la gestación como un don divino. Con la propagación posterior de la cultura bramita, aquella noción se reinterpretó como un vínculo con lo sacral.