En Armós existe un estrato que no aparece en decretos ni crónicas: las sociedades secretas. Operan bajo dos pieles —una pública, respetable, dedicada al saber y al progreso; y otra oculta, donde el conocimiento se vuelve moneda, herramienta y arma—. Se dividen en dos familias principales: las Ligas, guardianas de la sabiduría, y los broqueles y cofradías, espejos discretos de los sistemas de inteligencia del Brundir. Todas comparten un principio rector: el conocimiento es poder y solo florece cuando se protege.
En Armós, allí donde la fe se disuelve en superstición y la política en intriga, existe un tercer estrato que nunca aparece en los decretos reales ni en las crónicas eclesiásticas: el de las sociedades secretas. Son organizaciones que viven bajo dos pieles. La pública, respetable, brillante, dedicada al saber y al progreso. Y la oculta, donde el conocimiento se convierte en moneda, herramienta y arma. Las sociedades secretas se dividen, esencialmente, en dos familias:
Todas funcionan en silencio, pero sus ecos atraviesan palacios, universidades, tribunales, bibliotecas y congresos de sabios. Y si bien cada una tiene sus objetivos y métodos, todas comparten el mismo principio rector: el conocimiento es poder, y el poder solo florece cuando se protege.